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LOS VIAJES A ORIENTE EN LOS SIGLOS MEDIEVALES


Grado: 7°

1. DBA: Comprende que las representaciones del mundo han cambiado a partir de las visiones de quienes las elaboran y de los avances de la tecnología.
1.1. Evidencias de Aprendizaje: Explica la importancia de los viajes de los exploradores del medioevo en la expansión del conocimiento del mundo.

Hasta el siglo XIII, el conocimiento del continente asiático era una imagen mental, codificada por la tradición bíblica y literaria, producto de una interferencia entre el discurso pagano y el discurso cristiano. Tolomeo había establecido sus inicios al este del Nilo, englobando la India y la China, pero allí, en un lugar impreciso e inaccesible, se encontraba también el Paraíso Terrenal, así como otras tierras pobladas de seres procedentes del imaginario clásico, amazonas y unicornios, y monstruos característicos del bestiario medieval. La imagen distorsionada del continente es una herencia de la Alta Edad Media, de la rudeza y la crueldad de las primeras invasiones, que se va diluyendo conforme los intereses políticos, las consiguientes cruzadas, y las ventajas comerciales cambian los propósitos de los viajes y empujan a los europeos, misioneros, embajadores y mercaderes, a conocer, explorar y conquistar nuevos territorios.

El viaje hacia el Oriente tuvo durante la Edad Media un doble propósito: la peregrinación y la conquista, y fueron las sucesivas cruzadas las que mejor definen esa expresión violenta de un viaje sagrado. Sin embargo y al igual que ocurrió en el Occidente europeo con el Camino de Santiago, los viajes de peregrinación a Jerusalén y la Meca constituyeron una vía de penetración para el mejor conocimiento del Oriente próximo. Tres fueron los grandes periplos medievales que se adentraron hacia aquella zona por donde salía el sol, dos de ellos protagonizados por hispanos, ambos del siglo XII: el valenciano Ybn Yûbayr, el fundador de la rihla, el género literario de la relación del viaje en las letras arábigas, y el judío Benjamín de Tudela. El tercero fue el meriní, nacido en Tánger, Ibn Battuta, uno de los viajeros más audaces de la primera mitad del siglo XIV, cuyo trayecto le llevó a la India, al sureste asiático y a China, siendo contemporáneo de Marco Polo, el trotamundos medieval por excelencia. Al veneciano le seguirá Ruy González Clavijo, el embajador del monarca castellano Enrique III, empeñado en establecer una alianza con Tamerlán, el gran caudillo turco-mongol establecido en Samarcanda. A su regreso, Clavijo escribiría su viaje, bajo el título de Embajada a Tamorlán, un texto tan valioso para la historia del viaje como el Libro de las maravillas de Marco Polo.

Además de estos grandes nombres del viaje, habría que añadir la serie de misioneros que, con anterioridad y a instancias del pontífice Inocencio IV, se adentraron hasta las tierras mongolas, como Giovanni di Pian di Carpine y Esteban de Hungría, con misiones igualmente diplomáticas y dando como fruto relatos de la experiencia viajera. Igualmente, y como preámbulo a la hazaña de González de Clavijo, el rey de Francia Luis IX, a mediados del siglo XIII, enviaba a la corte del gran Kan una embajada de dominicos con designios misioneros.

A diferencia del peregrino compostelano que, tras visitar la tumba del Apóstol, su itinerario no tenía continuidad, ni expansión, se terminaba abruptamente en Fisterra, el peregrino islámico sabía de la existencia, más allá de La Meca y Medina, de otros imperios hacia el este, de ciudades y caminos concatenados hacia los confines del Oriente, de rutas antiquísimas que en un pasado sirvieron de camino a los héroes como Alejandro Magno y a los comerciantes que con sus caravanas y camellos proporcionaron al occidente cristiano seda y especias. De la certeza de ese confín se explica la riqueza descriptiva de las rihlas de los peregrinos islámicos y de los relatos de los mercaderes y embajadores cristianos que se encaminaron al Este. Ellos, como ningún otro viajero en la Edad Media, experimentaron la presencia “del otro”, difundieron una percepción personal de las gentes, relataron diferentes espacios sociales y perfilaron los estereotipos de las gentes de la geografía más periférica, como los chinos y los hindúes. Ellos representan como nadie esa característica móvil y nómada de la Edad Media.
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