sábado, 5 de enero de 2019

LA INVESTIGACIÓN APLICADA EN NUESTRO MEDIO

Yo considero que esa investigación que en el libro de Colciencias llamamos “aplicada”, por seguir una clasificación internacional (pero que en realidad no es investigación y desarrollo o “R y D” del idioma inglés, o sea aquella que conduce a desarrollar nuevos procesos o nuevos productos que después se integran a la economía), es y ha sido importante en nuestro país. Ciertamente no se le puede aplicar a la investigación un criterio estrictamente utilitarista y economicista ni someterla a un análisis costo – beneficio, porque habría que terminar con la respuesta tan conocida que unos atribuyen a Faraday y otros a Benjamín Franklin: ¿Para qué sirve un recién nacido? Sin embargo ha servido para desarrollar nuevas cepas de productos vegetales más adaptables y más productivas o más resistentes a las plagas; lo mismo para las cepas pecuarias, avícolas o de diversos géneros; para la producción de antisueros y de vacunas; para identificar y conocer desde nuestras especies biológicas hasta nuestros hombres mismos, desde el indígena hasta el blanco y a través de todas sus mezclas. Ha servido igualmente para conocer la patología, esa patología que hoy con mucha propiedad se denomina geográfica pues inherente a determinados países o regiones y que, debido a las amplias comunicaciones aéreas, fluviales, terrestres y marítimas que tenemos hoy con todos los continentes, ha dejado de ser exótica por antonomasia.



No es investigación pura, ya que en general lo que hacemos los colombianos, es tomar tecnologías investigativas que han sido ya desarrolladas en otros lugares y aplicarlas a problemas locales. Exceptuando las ciencias básicas, que contienen algo de pureza investigativa, esas tecnologías van a aplicarse a las ciencias agropecuarias, sociales, de la salud, etc. Recuérdese el trabajo traído por Harrison Brown cuando hablaba de la recuperación japonesa después de la segunda guerra mundial: enviaron técnicos a Leeds y a Birmingham a estudiar los telares ingleses que trabajaban (por decir una cifra) a diez revoluciones por minuto; así habían trabajado desde la época de la reina Victoria. Que pasa –preguntaron los hombrecillos amarillos - si el telar se corre a 100 RPM; pues que se revientan los hilos respondieron flemáticamente los ingleses; pues los compramos respondieron los japoneses haciéndose a equipos que eran a todas luces obsoletos. Se los llevaron a Japón, los corrieron a 100 RPM y pusieron a los japoneses en cada uso para que remendaran los hilos cuando se rompían. Como consecuencia, duplicaron la producción y en dos años estaban haciendo competencia a las sedas inglesas en los mercados de Hong Kong.
Bibliografía: Bierman Enrique, metodología de la investigación y del trabajo científico, Unidad Universitaria del Sur de Bogotá, Unisur, Bogotá 1990.  Varias páginas. Documento tomado con fines académicos.  

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